ENTRENAR CONTRA LA TECNOLOGÍA, de Marcello Tarì

Posted: abril 11th, 2020 | Author: | Filed under: General | Tags: , , , | Comentarios desactivados en ENTRENAR CONTRA LA TECNOLOGÍA, de Marcello Tarì

En esta reseña, el italiano Marcello Tarì repasa críticamente las posturas de los autores que forman parte del libro publicado por el colectivo HOBO, recuperando el debate sobre las máquinas. Tarì reprocha la pueril concepción de la máquina como un elemento neutral y otras concepciones propias del movimiento Postoperaista y propone nuevas ópticas a través de las cuales posar la mirada sobre esta cuestión inspirándose en Deleuze, Foucault o Tiqqun.


El volumen Fragmento sobre las máquinas, por una crítica de la innovación capitalista, aparecido el mes pasado en la colección Input de la editorial Deriveapprodi y editado por Giuseppe Molinari y Lorisa Narda -dos jóvenes militantes del colectivo HOBO de Bolonia-, no es el primero ni será el último de los volúmenes publicados por este colectivo, que, entre sus actividades, diría constitutivas, está la de la formación. En concreto se ocupan de la organización de seminarios, encuentros y laboratorios temáticos en los cuales, de cuando en cuando, se enfrentan diferentes posturas y se dan acercamientos sobre un mismo fenómeno que, finalmente, se condensan en publicaciones destinadas a unas discusiones mucho más largas.

En el caso específico de este seminario los diferentes interlocutores deben entenderse como parte de una misma familia: el postoperaismo. Lo que quiere decir que por un lado esto puede favorecer a la apreciación de sus diferencias internas y, por otro lado, también limita el rango de visión y, en mi opinión, no permite afrontar en profundidad las aporías que los propios editores detectan en esta escuela de pensamiento. En todo caso, lo que quería subrayar es la cuestión de la “formación”, tal y como la práctica el grupo boloñés.

Tal cuestión es importante porque tiene mucho que ver con la temática recogida en las contribuciones de S. Cominu, A. Fumagallo, F. Berardi, C. Marazzi, F. Chicchi y M. Lazzarato, además de la introducción de los dos editores, o de la crítica de la tecnología y el maquinismo en la época del capitalismo digital. Quiero decir, anticipando las conclusiones, que operar una formación, el hecho de “dar forma” a la subjetividad a través del conocimiento, la discusión y la elaboración del pensamiento es seguramente una técnica que puede convertirse en una máquina e, incluso, puede devenir una tecnología. Pero atención: puede significar que el maquinismo y la tecnologización no son un desarrollo necesario y este es un punto importante a tener en cuenta.

Ya en el título del volumen es evidente la dimensión marxiana de la reflexión propuesta por la referencia al “fragmento sobre las máquinas” que se halla en los Grundrisse de Marx y que ha constituido, en los pasados decenios, un pasaje crucial en la elaboración italiana sobre la comprensión del desarrollo capitalista y su sabotaje. Un fragmento textual sobre el cual han profundizado diversas generaciones de exegetas, convirtiéndolo así en una suerte de objeto de culto filológico. En nuestro caso, lo observaremos como un prisma a través del cual leer las transformaciones más recientes de la producción capitalista -de la robótica a la inteligencia artificial, de la cibernética a la biotecnología- y, solo en una pequeña parte, en cuanto que continente de algunas sugerencias para su subversión. Este no es un ejercicio abusivo, ya que Marx es desde hace tiempo un clásico a la altura de Aristóteles en el sentido de que son todavía autores imprescindibles para comprender nuestro mundo. El problema más bien consiste en el hecho de que, en la lectura de la técnica, las máquinas y las tecnologías, no se pueden pasar por alto las consideraciones y contribuciones de otros “clásicos” como, solo por citar algunos, Heidegger y Benjamin, o la teología escolástica e Illich.

Honestamente, no se comprende cómo se puede construir un discurso sólido evitando con una precisión maniática todos los autores que han elaborado un pensamiento acerca de la técnica, no únicamente más allá del marxismo, sino incluso dentro de ese marco. La debilidad del postoperaismo, de hecho, reside en gran parte en su injustificada reclamación de autosuficiencia y no es casualidad, creo, que algunos de sus admiradores intenten escapar de ella frecuentando el extra ecclesiam de otras técnicas, como el psicoanálisis o las prácticas artísticas.

Volviendo al contenido del libro. La introducción de los dos editores, asistidos por Guido Borio, indica las coordenadas teóricas en las cuales se invita a los participantes a expresarse (la línea “clásicamente” operaista de Marx-Alquati-Panzieri) pero propone también algunas definiciones, por ejemplo, a propósito de la máquina, que es definida como “un dispositivo que multiplica las fuerzas”, un “sistema complejo” dotado de su propio lenguaje y construido a través de “la expropiación del conocimiento humano”. A partir de todo esto, llegan a la conclusión, quizás un tanto acelerada, de que la máquina es “un organismo vivo”.

La obra de Romano Alquati les sirve para mostrar la superación del taylorismo a partir de los años 60 y para criticar la lectura del considerado trabajo cognitivo del ámbito del postoperaismo. A esta corriente se le reprocha la tendencia a imaginar la actual configuración de la cooperación social como ya autónoma del capital, que, en este punto, sólo cumple una función parasitaria. En resumen, como ha sucedido ya en los análisis de los decenios precedentes, la composición técnica de la producción (bajo el capital) se expresaría inmediatamente en la composición política de los trabajadores, en consecuencia, se trataría simplemente de quitar de en medio el mando capitalista y apropiarse de las máquinas y de la tecnología tal y como existen, acelerando así su desarrollo. Una conclusión prometéica que comporta con ella, no tanto problemas teóricos, sino de insuficiencia ética.

Si Salvatore Cominu recupera la teoría de Romano Alquati para señalar algunas cuestiones de método en Una posible encuesta sobre subjetividad proletaria y maquinismo digital, dándole peso al concepto de «ambivalencia», Andrea Fumagalli vuelve a proponer el «capitalismo biocognitivo» como núcleo de su trabajo para conducirlo, a través de la definición de financiarización, como una forma de biopoder. Bifo Berardi, por otra parte, continúa en su «gran relato» del colapso de la modernidad como apocalipsis ya consumado debido a la gran desconexión de la máquina respecto al cuerpo, mientras que Federico Chicchi, en una entrevista con los editores, trata de responder a la crítica proveniente de Mario Tronti acerca del paradigma postoperaista, el cual nunca ha sabido corregir su perspectiva óptimo-progresista para la cual toda innovación tecnológica es también sin embargo un acercamiento al comunismo. Chicchi propone que se puede disolver la ambivalencia de la tecnología oponiendo la lógica neoliberal con “un enriquecimiento del auténtico potencial de la vida”, potencial que permanece en el aire a excepción de una posible «lógica humana deseante» (léase inconsciente) irreductible a la tecnología. Volviendo a Bifo, debe tenerse en cuenta que, aunque los éxitos apocalípticos de su discurso son perturbadores para la doxa postoperaista, su análisis parte en todo caso de las mismas premisas y es quizás por ello que no puede pensar nada mejor que una extinción positiva del homo sapiens, cuando no deposita aún esperanzas en la política como en uno de sus últimos artículos.

Hoy, la esperanza compartida por muchos postoperaistas reside en Sanders, quien no tiene claro por qué debería cambiar un planeta que, según él mismo, se encuentra moribundo y en la demencia. El caso de Bifo muestra bien cuál es el riesgo un mensaje apocalíptico privado de toda tensión mesiánica y, cuando es aplicado a la tecnología y el maquinismo, no puede más que concluir en la oscuridad más completa, o, incluso, en un verdadero culto al suicidio. Por otro lado, ninguno entre los diversos postoperaistas ha comprendido la importancia de buscar un “más allá” mesiánico por el cual Tronti lleva luchando desde hace años. Digo “buscar” y no simplemente aceptar las conclusiones trontianas. De lo que sustrae de la entrevista a Christian Marazzi no me viene a la cabeza nada que decir.

Sin embargo, es de gran interés la entrevista que cierra el volumen, la de Maurizio Lazzarato. Retomando, por un lado, el trabajo de Guattari y Deleuze a propósito del concepto de máquina social/ máquina tecnológica, del cual la primera es primera en cualquier sentido respecto a la segunda, y luego la “máquina de guerra” que funciona como conducto de una auténtica filosofía de la historia polemológica,  y, de otro lado, el concepto de Foucault sobre la guerra civil, propone un modo de ver la historia moderna muy bien delineado ya por Tiqqun hace ya veinte años y popularizado por el Comité Invisible (si él y otros hubieran pensado las razones de la estasiología tiqquniana, quizás se hubiese ahorrado un tiempo precioso que hoy parece difícil de recuperar, al menos en Italia). En resumen, y no es poca cosa, se sustituye una la lectura derivada del conflicto del materialismo histórico por otra a través del concepto Guerra Civil.

Es correcto entonces el apunte que Lazzarato hace al operaismo en torno a que siempre ha sido eurocéntrico mientras el capital es siempre capital-mundo y, por lo tanto, también lo es su infravaloración del hecho de que todas las revoluciones modernas de estampa socialista han sido llevadas a cabo en países extraoccidentales, y seguramente en los menos avanzados tecnológicamente. Es extraño, pero ni siquiera Lazzarato piensa que quizás este dato se deba en buena parte (y más allá de ninguna teoría) al hecho mismo de que en esos países, a través de la revolución, se buscaba, al menos al principio, resistir la imposición de la “sociedad” (con toda la metafísica tecnológica que conlleva) sobre sus formas de vidas típicamente comunitarias. Por otra parte, el mismo Marx, el Marx etnólogo y simpatizante de los populistas rusos, había captado el potencial revolucionario de la comunidad. El hecho de que después la revolución en la URSS fuera derrotada en la guerra de la sociedad y la tecnología contra la comunidad y sus formas de vida no invalida esta cuestión, al contrario.

Este nodo sociedad/comunidad, teorizado en su momento en un sentido revolucionario por Landauer, precisamente debido a la catástrofe galopante, está hoy muy presente en las luchas en curso, incluso en los países más comprometidos con el perfil de la gobernabilidad tecnológica. Basta con pensar en Francia o Chile. Pero la izquierda es siempre analfabeta hacia la comunidad y, de entre las grandes instituciones, sólo la iglesia católica, con malestar, ha mantenido una práctica comunitaria que «hace resistencia a la mundanidad totalitaria de la sociedad automática sin alma» para parafrasear al CSI[*]. Finalmente, da mucho sobre lo que pensar el análisis que Lazzarato hace de los actuales sistemas de gobierno democráticos, que se ven empujados, debido a la crisis que ellos mismos han creado y a la incapacidad de absorber el proletariado excedente, a tender invariablemente a una nueva forma de fascismo posmoderno, llegando así a las mismas conclusiones que el analista danés Rasmussen (La controrivoluzione di Trump. Fascismo e democrazia, ed. Agenzia X).

El gran error de la metafísica occidental y también, por extensión, de los marxistas, está presente enteramente en esta frase de la entrevista a Fumagalli: “La tecnología, como la moneda, es un instrumento. Para valorar la eficacia de un instrumento es necesario definir la finalidad para la cual es usado”. Pensar la técnica como un conjunto de herramientas funcionales y, por lo tanto, como un medio para lograr un fin es un error en el que Occidente lleva inmerso al menos desde el fin de la edad media y que nos ha llevado al actual estado catastrófico del mundo, de los cuerpos y las almas. Toda técnica, de hecho, fuera de todo nihilismo, debe ser pensada como un operador ético.

En general, cuando se habla de instrumento se sobreentiende que ya hay un sujeto que tiene frente a él todo un mundo cosificado donde los instrumento son “buenos” per se o, en todo caso, neutros. Habría una mediación entre ambos fenómenos que depende de la voluntad de potencia del primero. Se concluye, entonces, que, cambiando el fin para el cual el instrumento es utilizado, se anticipa la mágica transformación social codiciada. Y para quienes sostienen tal idea parece que la historia del socialismo real no les ha enseñado nada. En cambio, si se entiende éticamente, toda técnica es siempre etopoietica y cosmopoietica, es decir, genera mundos y subjetividades o los deshace, para bien o para mal. Es tan sólo en este sentido que se puede decir que ninguna técnica es neutral.

La manera en la cual la modernidad cancela el valor ético de las técnicas es a través de la tecnología. En el A nuestros Amigos, el Comité Invisible, en un capítulo dedicado a la lucha en contra de la digitalización de la vida, propone, por un lado, considerar la técnica como parte esencial del proceso de hominización y, por tanto, de configuraciones de relación con el mundo, en todas partes y en todos los tiempos; por otro lado, considerar la tecnología como la moderna expropiación de las técnicas de comunidad, reducidas así a un instrumento que más tarde formará un “sistema” a través del cual los mundos son reducidos a un solo mundo, el del capitalismo, obviamente. Las técnicas son múltiples y han constituido históricamente una multiplicidad de relaciones con el mundo, la tecnología es el mundo del capital. Y aquí radica la importancia que al inicio señalaba sobre prestar atención a las técnicas que nosotros mismos introducimos en juego, como por ejemplo la “formación” practicada por el colectivo Hobo.

Pensada éticamente, operar una formación significa configurar un régimen de subjetividad y de relación con el mundo, pero puede caer, como le puede suceder a cualquier otra técnica, que venga pensada en términos instrumentales y que adopte el perfil de la eficacia y la productividad, pudiendo devenir una maquinación tecnológica, es decir un empobrecimiento de la subjetividad y de su mundo. Y dado que el régimen de subjetivación subyacente a la formación es el de los “militantes”, entendemos también cuánto depende de la atención y la sensibilidad la felicidad de los mundos que vayan a constituir. Una formación autónoma, en consecuencia, no puede ser independiente de la norma tecnológica, de la innovación, más bien debe ejercitarse en interrumpirla, “crear vacíos de comunicación”, que diría el Deleuze negativo, y reapropiarse de las técnicas que no son otra cosa que el arte de la vida. Es en este sentido que las técnicas pueden tener un valor “mesiánico”, es decir, uno capaz de reparar al mundo y a nosotros mismos: la sabiduría de la comunidad contra la estupidez de la sociedad.

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* NdT: CSI puede hacer referencia tanto al Centro sportivo italiano, una organización católica progresista que hace trabajo de base o a una canción del grupo Consorzio suonatori indipendenti, Forma e sostanza.